Bandas orientales están presentes en cacería y tráfico de tiburones, la captura de jaguares, entre otras especies
El estado de Chiapas, en el sur de México, ha sido durante décadas uno de los ecosistemas más diversos y fascinantes de todo México. Entre el océano Pacífico y la frontera con Guatemala se despliegan ríos, lagos y cascadas. La selva de Lacandona concentra una flora y fauna única en América Latina, con especies en su haber como jaguares, guacamayas rojas y monos saraguatos. Una naturaleza imponente rodeada, además, por ruinas de la civilización maya que son Patrimonio de la Humanidad.
Ese mundo entre lo exótico y lo mágico se encuentra actualmente amenazado por la incidencia de grupos criminales provenientes de China que buscan depredar la fauna, el mar y que, incluso, incursionan en el tráfico de migrantes.
La historia de los chinos en Chiapas es antigua. Llegaron al sur de México a inicio del siglo XX cuando el entonces presidente Porfirio Díaz buscaba poblar esa geografía indomable y comenzó a favorecer la llegada de habitantes de la región de Cantón.
En las primeras décadas del siglo pasado se desempeñaron en fincas cafetaleras y trabajaron en grandes obras de infraestructura ferroviaria, pero, con el tiempo, emigraron a las ciudades, especialmente a Tapachula, donde se adentraron en el comercio y la gastronomía fusionando la comida china con las especias mexicanas.
La vinculación entre Chiapas y China reprodujo un fenómeno similar al de otras latitudes de América Latina: así como llegaron trabajadores también hicieron su aparición las mafias del gigante oriental. En los últimos años en México se conocieron detalles de grupos criminales chinos dedicados al tráfico de precursores químicos –elementales para la producción de fentanilo-, así como también para integrar redes de lavado de dinero. Pero en Chiapas la incursión es diferente.
A diferencia de las bandas locales y los cárteles, las organizaciones criminales chinas en el sur de México operan con un perfil bajo, priorizando el tráfico de fauna silvestre, la pesca ilegal y el tráfico de personas sin hacer demasiado ruido ni llamar la atención. «No buscan el control territorial por la fuerza, sino el dominio de rutas comerciales estratégicas», escribió el analista Evan Ellis en un documento del Army War College de Estados Unidos.
La incursión de las bandas chinas ha sido devastadora para la fauna chiapaneca. En enero de 2019 se tuvo el último registro de uno de los 115 jaguares que habitaban la zona arqueológica de Yaxchilán (Chiapas), entre ellos un espécimen al que habían denominado ‘Pac-Man’, por sus únicas e irremplazables manchas en forma del video juego.
Fue después de que cámaras de trampeo no volvieran a captar al jaguar cuando vigilantes comunitarios lo buscaron y lo hallaron a escasos 35 metros de la orilla del río Usumacinta, donde las huellas del lodo indicaron que había sido arrastrado. Cuando lo encontraron estaba sin cabeza, patas, cola y genitales.
Efraín Orantes Abadía, conservacionista y secretario de la asociación Kak Tojk, explicó que desde el año 1970 hasta la fecha se ha destruido entre un 85 y un 90% de cobertura vegetal nativa de Chiapas y se ha producido un incremento notable en el tráfico de fauna. También señaló que en diversos decomisos se han encontrado monos y aves en cautiverio.
El motivo de la barbarie: según detalló Orantes, en diversas creencias de las mafias chinas, la sangre del jaguar mexicano otorga cualidades especiales a quienes la consumen. En el mercado irregular la sola cabeza del felino se cotiza en 20.000 dólares (unos 17.250 euros).
«Los aparatos reproductores, según ellos, les dan fuerza y vitalidad y buscan en América porque aquí no se aplica correctamente la Ley de Protección Animal, además que tres de las nueve especies de tigres de Bengala ya se extinguieron en Asia», añadió Orantes.
Especies como el tiburón martillo y el tiburón martillo gigante están amenazadas por la pesca ilegal. Recientemente, las autoridades han realizado decomisos en Puerto Chiapas, deteniendo a tripulaciones con decenas de ejemplares de estas especies en periodos donde su captura está estrictamente prohibida. Varias de las embarcaciones involucradas estaban asociadas a ciudadanos chinos.
La cacería del tiburón no tiene finalidades místicas como el caso del jaguar. Una vez realizada la pesca, se los introduce en diversos mercados del interior de México donde los registros los camuflan, con el correspondiente pago de sobornos, como si fueran de otras especies. Y es que los mercados populares, un espacio ineludible de la sociología mexicana, son, en diversas ocasiones una zona gris -de las tantas que hay-, donde pueden coincidir los grupos orientales con los narcotraficantes locales.
El control de la pesca ilegal es complejo. La costa de Chiapas tiene una extensión aproximada de 260 kilómetros de longitud sobre el océano Pacífico, abarcando desde la desembocadura del río Ostuta (en los límites con Oaxaca) hasta la desembocadura del río Suchiate (en la frontera con Guatemala). El control de semejante extensión demandaría una guardia costera que suele estar más dedicada a interceptar cargamentos de droga que a los cazadores ilegales.
