René Delios
Y los priistas – incluyendo a los aún disciplinados- ya se dan hasta en las redes sociales exigiendo una dirigencia estructurada desde abajo, no los mismos modos que los llevaron a la debacle. Lejos están aquellos comités desde la acera, manzana, colonia y seccionales que eran su base popular, su voto duro: “las células del partido”.
Ese PRI ya no existe, y contrariamente, mientras Alejandro Moreno se enfrenta a Morena y a la presidenta, en los estados los dirigentes estatales de su partido, se alinean a los mandatarios locales como sucede en Chiapas, y de ahí munícipes o legisladores locales, incluyendo a la dirigencia estatal, alineados.
¿Así se hace el trabajo político?
Igual el PAN -el MC en Chiapas no existe-, y nada que ver con aquel modo de Valdemar Rojas que, se enfrentaba al temible Patrocinio, y hoy sus dirigentes ya no son ni un murmullo, mientras los militantes del blanquiazul se la pasan cuestionando duro a la presidenta, pero calladitos en torno al gobernador, cuando ambos -Claudia y Eduardo- son los mismo: 4T.
La llegada de los tecnócratas terminó con el trabajo político de base en el PRI desde el siglo pasado, y aquello de “el pueblo es la fuerza del partido” pasó de moda política y más cuando se dio la división en el tricolor con la aparición de la corriente crítica (1986), encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, Carlos Tello Macías, Rodolfo González Guevara, Eduardo Andrade Sánchez, Ignacio Castillo Mena, Vicente Fuentes Díaz. La súper estructura, es decir “los cuadros distinguidos del partido”, cerraron filas con el exiguo presidencialismo; los priistas de la base que buscaban crecer en el partido, fueron objeto de todo escrutinio, y más cuando, luego de la expulsión de Cuauhtémoc Cárdenas y demás, los mencionados que -incluyó a Francisco Valero- y otros políticos en cada estado del país, decidieron dar forma a la coalición de izquierdas, que por poco se lleva la presidencia en 1988, y aun con eso en el PRI no reaccionaron y siguieron con sus mismos modos para las presidenciales de 1994 –aun le asesinaran a Colosio- hasta que, ya para 2000, el PRI acabó.
El priismo se volvió cupular y la nueva generación de políticos fue de alta escuela, de los egresados de Harvad, Oxford, La Sorbona, Compostela, uno que otro prietito de la UNAM, y el peludaje venía de las universidades estatales. Total que la tecnocracia inundó al priismo y ya no fue posible detener su debacle con gente, si bien preparada en el conocimiento, no en la sensibilidad social, pues el engendro no cambió aun esa generación con doctorados: era el mismo ente político, corrupto y lerdo, cuyas secuelas aun vivimos hoy por décadas de saqueo.
Por eso perdió el poder.
Lo que vive el PRI no es privativo solo en el CEN tricolor; se repite fielmente en cada entidad incluyendo la nuestra, con esos rescoldos apuntalados del institucionalismo a ultranza, que observa un priismo adolorido, pero disciplinado, y de vez en vez se escucha una que otra voz a la que, le contestan con calma, y si guarda silencio, se le reconoce con un apapacho y una foto en los diarios locales.
Matraz
Hace un año, cuando la primera mujer presidenta en América del Norte tomó posesión, Ifigencia Martínez era la presidenta de la cámara federal de San Lázaro, y la emblemática mujer en un texto que escribió y que hubo de darle lectura -pues ella ya no podía; pero solo muerta se perdería ser parte de y en ese hecho histórico: “Hoy nos encontramos aquí, en este recinto solemne de la democracia mexicana, como testigos de un momento que marca un antes y un después en nuestra historia: la toma de protesta de la doctora Claudia Sheinbaum Pardo como la primera mujer Presidenta de México.
“Su llegada a la Presidencia es la culminación de una lucha que hemos atravesado generaciones enteras de mujeres, quienes con valentía desafiamos los límites de nuestros tiempos. Hoy, junto con ella, llegamos todas y abrimos paso a una nueva era.
“Yo misma, que he recorrido tantas batallas por la democracia y la justicia, me siento profundamente honrada de presenciar este triunfo histórico. En 1988 formé parte de la Corriente Democrática de izquierda en México, una lucha que, junto a muchas y muchos, iniciamos con la firme convicción de que el cambio verdadero era posible.
“Hoy, esas convicciones han rendido fruto. No sólo tenemos una Presidenta, sino que se vislumbra un presente donde las mujeres participemos en condiciones de igualdad en la construcción de futuros posibles y deseables para nuestra patria. Ser parte de esta transmisión histórica del Poder Ejecutivo y entregar la Banda Presidencial a la primera Presidenta es uno de los mayores honores de mi vida.
“Agradezco profundamente la confianza de mis compañeras y compañeros legisladores para desempeñar este acto simbólico, que representa no sólo un punto de inflexión en la historia, sino también el triunfo de nuestros valores: igualdad, justicia y democracia. Hoy, las mujeres, junto a los hombres, estamos listas para continuar construyendo el país que soñamos. El de un México libre e igualitario.
“Un país donde el liderazgo femenino dejará de ser la excepción, para convertirse en norma.
“Desde esta soberanía, le decimos que no está sola. Que la lucha por la justicia y por la igualdad es de todas y de todos. Y que no descansaremos hasta lograr una democracia plena, donde no haya distinción de género, clase o condición. Que nuestras diferencias no nos dividan, sino que sean la fuente de propuestas y de soluciones compartidas a los distintos retos que enfrentamos.
“Hoy, más que nunca, necesitamos tender puentes entre todas las fuerzas políticas, dialogar sobre nuestras divergencias y construir, juntas y juntos, un país más justo y solidario.
“Es tiempo de altura de miras. Es tiempo de construir nuevos horizontes y realidades. Es tiempo de mujeres.
“Sigamos dejando huella”.
Y sí, Sheinbaum está dejando huella, pero sin pisar a nadie.
No ha habido en México una mujer de y en la política tan atacada, tan calumniada, tan insultada, pero en contraste tan respetuosa a la libre expresión de las ideas.
Por eso los altos índices de aceptación, que ahí están, inamovibles pese a las campañas sin ética y estética en su contra.