Aun la oposición de años a este tipo de inversiones públicas, deben de continuar las políticas de sustentación social y de austeridad, porque la realidad no está para “milagros” de generar un desarrollo humanos inmediato en los más pobres del país, y menos “crecimientos” financieros importantes, pues ni negar que los conflictos externos influyen en economías internas, como eso de los aranceles o un posible conflicto EU-Venezuela.
Para colmo ese tipo de conflictos armados generan una espiral que al ensancharse provocan una especie de inflación mundial, incremento de aranceles en China o Francia y en México, y con ello la incertidumbre económica y presión en las finanzas mundiales, que impactan en las plataformas de producción, digamos en el petróleo en el caso mexicano, pues aunque favorece el incremento de la mezcla de exportación si se cierra la producción venezolana, encarece la transformación del hidrocarburo -gasolinas, por ejemplo- que México compra aún al extranjero, al menos hasta que funcionen al cien la petroquímica secundaria instalada en el país.
En México se tiene claro que no se iba a solucionar los pendientes acumulados de un siglo en los seis años del gobierno pasado ¿Se logrará en el presente sexenio?
Difícilmente.
Ni la federación y ni el gobierno estatal, tienen el dinero para solucionar la demanda social que es enorme, entidad por entidad.
Por eso la austeridad debe mantenerse, pues el presupuesto no puede derrocharse: no se trata solo de tener dinero, sino de priorizarlo, de destinarlo a dónde va a obtenerse una mayor cobertura de beneficio, no solo para que la gente mejore su nivel de vida, sino también para que ésta produzca –mejor si es lejos del paternalismo- bienes de capital en los municipios, que sin transformación son bastante parasitarios de los erarios federales y estatales, y con la corrupción implícita que aún lacera, pues no va a ser un tránsito fácil.