René Delios
Desde el siglo pasado hubo los que insistían en que, la prensa debía cuestionarse en sí misma.
Eran los tiempos grises de la censura y la peor: la negrura de la autocensura, por institucionalismo a ultranza, por ideologías, fuera reaccionaria o vanguardista, fundamentalismo retardatario, en fin.
Aún me esfuerzo en encontrar el para qué insisten desde el poder político en censurar lo que opina la sociedad civil de ellos, y contrariamente –para mejorar- hay que permitir el fortalecimiento de la libre manifestación de las ideas, la llamada libertad de expresión, la que –se insiste- debe mantener el respeto y la razón.
A la crítica de inmediato le envían gatilleros a tratar de contrarrestar el cuestionamiento que le hace la base en torno a obligaciones y responsabilidades propias del cargo o función política de alguien “importante”, por cosas que derivan de la incapacidad, corrupción y falta de sensibilidad social de muchos administradores, y que se padecen a diario en la nación; las reacciones sociales por ende, tarde o temprano son del dominio público, como lo es hoy la inseguridad y la ruptura del estado de derecho en mucho más zonas de nuestra nación de las oficialmente reconocidas, en dónde los criterios del crimen organizado son los que cuentan, cuando tenemos ejemplos como Chiapas, como muestra del que sí se puede contra restar tal presencia, cuando se sanean corporaciones y se actúa con integridad.
La corrupción llegó a ser el modus operandi de la política en México, en casi toda actividad u oficio, que van desde el tráfico de influencias, la mordida o el chayo, y los llamados diezmos que me dicen ya son de a veinte, y tan debe ser que el gobernador fue claro con los alcaldes con eso de los moches, ni a darlos y ni pedirlos.
Le agreguemos a eso la carestía de la vida, las malas políticas económicas que mantuvieron un salario mínimo de miseria, y el incremento de los bienes y servicios que ofrece el gobierno mismo a los ciudadanos, llámese gasolina, gas o electricidad, acta de nacimiento -que hay que pagar para que esa criatura pueda tener derecho a la mala calidad de los servicios de salud, mínimo-, agua y alcantarillado, calles con mala iluminación con sus ladrones al calce, policía de temer entre otras muchas cosas diarias.
¿Qué caso tiene la censura cuando eso es platica común en todas las mesas domiciliarias y de diversión?
Aparte de la aplanadora de las redes sociales en las que se dice, expone, denuncia todo tipo de acciones que atentan contra el estado de derecho, la tranquilidad social y el derecho de terceros.
Es decir que esta sociedad se intercomunica, se entiende ya sin interlocutores como lo eran antes los medios masivos, en especial la radio y la televisión, a través de noticieros que perdieron credibilidad, y ahora por eso hay los llamados influencer a los que la gente les cree más –igual porque lo siente pueblo- que a un locutor a cuadro.
Así aun el margen de error sea alto, es mejor que la gente se exprese, se queje, señale.
Es un asunto de salud pública.