Las crónicas de un continuo despertar

19/Junio/2017

 

Arit León Rodríguez

 

El apoyo a mujeres en condiciones difíciles siempre ha sido necesario, pero dentro del parámetro de vulnerabilidad ¿imagina el estado en el que se encuentran las mujeres y sus hijas e hijos recluidos en los CERESOS?

Las mujeres que están recluidas en cárceles mexicanas enfrentan situaciones que van en contra de su dignidad y seguridad, debido al hacinamiento y a un sistema dirigido a la población masculina, de acuerdo con un reporte de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), no es nuevo que la infraestructura, la organización y el funcionamiento de los establecimientos de reclusión han girado en torno a las necesidades de los hombres.

La población en las cárceles mexicanas ronda los 230,000 reos, de los cuales el 4.8% son mujeres (11,901), de acuerdo con datos del gobierno federal y la CNDH.

Sin embargo, únicamente el 35.19% de las reclusas están en centro exclusivos para mujeres; el resto se encuentra en cárceles mixtas, según la Comisión.

De las 418 cárceles que existen en el país, solo 10 son exclusivas para población femenil.

En 47 de los 69 centros de reclusión que albergan población mixta, existe un régimen de autogobierno, lo que pone en riesgo la seguridad e integridad de las mujeres internas y la del personal.

Es necesario que exista una adecuada separación entre géneros, tal como está previsto en la Ley que Establece las Normas Mínimas Sobre Readaptación Social de Sentenciados, indicó el organismo de Derechos Humanos.

 

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Tras muchos años de estudios frenados por las mismas empresas cárnicas, la OMS ha soltado la bomba que ya se sabia a priori: las carnes que se venden hoy, son cancerígenas.

Con componentes que ya no son propios ni de los animales que nos dicen vender procesados, estamos consumiendo lo equivalente a agarrar a mordidas a una lámina de asbesto, de ése que desde hace treinta años fue prohibido en Estados Unidos y que en las rancherías mexicanas se sigue viendo como techo de muchas, muchas casas.

Imposible que no sea dañina, para poder preparar una salchicha, animales enteros (con pezuñas y piel) son arrojados a un especie de molino que los tritura y después son “lavados” con químicos que llegan al nivel de la lejia, y aderezados con saborizantes y colorantes que les dan una textura, color y sabor bastante llamativo.

Si usted cree que por comprar salchichas de pollo ó pavo, se ha salvado -como lo hice yo- lamento informarle que no es cierto. No están hechas de pollo en su totalidad.

Es más si ha comprado toda la vida productos embutidos sean jamón ó salchichas de marcas “reconocidas” y de precios altos con miras de comer más sano y mejor, le informo también que lo único que ha comprado es un mejor saborizante.

Todas las carnes procesadas, son iguales contextualmente a la hora de ser consumidas.

El daño colateral es serio y permanente, y no es porque en efecto la carne sea mala por si misma: es el proceso que lleva en su “fabricación” comercial que nos enferma y mata.

¿Qué tan segura es la carne que consumimos?

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