Las crónicas de un continuo despertar

14/febrero/2018

 

Arít León Rodríguez

 

Me quede pensando en algo que leí por ahí. Algo de Octavio Paz.

En sus palabras, “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente se postula la intranscendencia del morir, sino del vivir.

Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque “la vida nos ha curado de espantos”. Morir es natural y hasta deseable; cuanto más pronto, mejor. Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida.”

Siendo una persona que falleció de cáncer, apenas dos semanas después de cumplir 84 años, el 19 de abril de 1998, en su casona de Coyoacán, y tener una vida fructífera, vislumbraba  bastante bien la pobreza existencial mexicana y a la vez la riqueza de nuestra cosmovisión.

Sufrió para morir. Realmente su muerte no fue agradable y fue lenta y dolorosa, causada por el sufrimiento causado en las articulaciones por una dolencia cuyo tratamiento le apartó definitivamente del público en diciembre de 1997, fecha de la inauguración de la Fundación Octavio Paz.

El 21 de diciembre de 1996, un incendió en el piso de Cuauhtémoc destruyó parte de su querida biblioteca, y quebrantó el ánimo del autor de El laberinto de la soledad. “Los libros se van como se van los amigos”, dijo.

Curioso cómo se ha engrandecido el nombre de Paz, olvidando a por ejemplo, Elena Garro, su primer esposa, la cual contó prolífica carrera literaria y premios nacionales.

En 1954 escribió guiones para las películas como Sólo de noche vienes, basada en el cuento “La culpa es de los tlaxcaltecas” y Las señoritas Vivanco entre otras. En su lista de obras aparece: los cuentos de La semana de colores (1964).

De 1959 a 1963 vive en Nueva York, regresa nuevamente a México y en 1964 recibe el premio Xavier Villaurrutia por su novela Los recuerdos del porvenir. Con la matanza del 68, se convierte en non grata para la intelectualidad mexicana por criticar a muchos pensadores y críticos  mexicanos de inspirar a los jóvenes a movilizarse para desafanarse cuando vieron las consecuencias letales del movimiento estudiantil.

“Yo culpo a los intelectuales de ser cuanto ha ocurrido. Estos intelectuales de extrema izquierda que lanzaron a los jóvenes estudiantes a una loca aventura… que ha costado vidas y provocado dolor en muchos hogares mexicanos. Ahora como cobardes, esos intelectuales se esconden… Son los catedráticos e intelectuales izquierdistas los que los embarcaron en la peligrosa empresa y luego los traicionaron. Que den la cara ahora. No se atreven.”

El 22 de agosto de 1998, Elena Garro muere en condiciones bastante incordiantes. Considerada la segunda mejor y prolífica escritora después  de Juana de Asbaje, aun sigue sin el reconocimiento merecido, pese a ser una mujer increíblemente valiente y transgresora

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