Las crónicas de un continuo despertar 

11/enero/2018

 

Arít León Rodríguez

 

Vaya, estamos empezando y se están yendo con todo. Con todo literal.

Ayer, algunas redes sociales hervían con apuntalamientos en contra del alguna o algún candidato, federal o local. Quienes han participado en casos ilegales, quienes sacan a sus hijos ante las cámaras para exponerse como buenos padres, como si llevarlos a la escuela fuera un acto sobrenatural –bueno, tal vez para ellos el hecho de estar cerca de sus hijos en efecto sea un acto sobrenatural- cortarse el cabello, subirse al metro, exponer su vida social y la de otros.

Vienen duro definitivamente.

Lo que me hace pensar en que justamente hasta que punto es lo mundanamente permitido conocer, indagar, participar acerca de las vidas de quienes voluntariamente se ponen ante el ojo de Saurón y abren parte de su tiempo y vida ante contrarios despiadados que no dudarán en establecer nexos acérrimos que desvirtúen el trabajo de cualquiera ante todos.

Claro, hablamos de que existen cosas que es necesario saber. Odio a los autodenominados santones, a quienes durante años critican los desmanes sociales, apuntalan los malos manejos de la sociedad corrupta y burbujeante de corrupción, pero les encanta también hacer lo mismo, pero distinto, cuando por ejemplo son señalados de conductas casi impropias con muchachas que apenas van saliendo de la adolescencia.

La realidad es que en el común denominador todos, absolutamente todos estamos embarrados de algún matiz de barro –por llamarle barro- y como manejemos esa verdad es la que nos diferencia.

Bien lo sabemos, la política es el arte de comer boñiga sin hacer gestos, pero bueno, estamos ante oleajes pestilentes que hasta ponen a pensar en si los candidatos y candidatas tendrán tiempo de hacer campaña o vivirán pendientes de contestar, justificar, o contrarrestar tantos señalamientos.

Por el momento esperaríamos que al menos existan los valientes que se pongan en una postura ecuánime y decidida ante tanto zafarrancho, toma de carreteras, aumentos inmoderados de precio, devaluaciones de vida, inseguridad y falta de pago a proveedores.

Verdaderamente, cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Lo dice el refranero popular que es sabio. Debiéramos, entonces, profundizar en esto y como ir avanzando pese a que en lugar de solamente vamos navegando contra la corriente, estamos permeados y rodeados por remolinos que jalan agua y lo poco que nos queda a su conveniencia.

La irresponsabilidad social que padecemos actualmente hace que se acrecienten las desigualdades como en ningún otro tiempo.

Por desgracia, en lugar de discursos que nos hermanen, hemos activado el discurso del odio, con lo que esto conlleva de injusticia y discriminación. Este clima de venganzas, de violaciones de derechos humanos, no nos deja crecer ni clarificar el panorama.

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