Editorial

11/enero/2018

 

La inconformidad se está manifestando cada vez más no en demandas, sino en manifestaciones ciudadanas que por el momento son violentas.

No faltan los políticos y oportunistas que en aras de notoriedad quieren ser los destacados de éstas acciones genuinas, pues tienen razón los quejosos.

Igual sucede con los llamados infiltrados en busca de desarticular ante la opinión pública este nuevo tipo de organización de protesta, en aras –qué más- de minimizar o en su caso menguar su frecuencia en los estados del país, y que a quien o quienes se les haya ocurrido enviarlos en Coyoacán o Tapachula –por mencionar indistinto caso-, no merecieron el apoyo de nadie y el propio gobernador del estado Manuel Velasco, condenó los hechos, con lo que se activaron en ese desalojo en el Parque Central antier, para detener a los responsables de los daños al Palacio de Gobierno.

La verdad en el país hay varios puntos de atención común que demandar: seguridad social, seguridad pública, empleo, sueldo, calidad en educación, salud, servicios, estos últimos muy caros en México, pero sobre todo malos.

La inconformidad crece, no es un crío nuevo, pues es social, sin partido, sin políticos, sin mano de funcionarios desde oscuras oficinas como sucede de vez en vez, para aparecer como negociadores y solucionadores del conflicto, en busca de imagen política aun el desgaste social que cause o genere la plataforma usada.

Por eso son de temer esos personajes para “el orden establecido”, y según esto, “medidas saludables para el cambio necesario en el país”.

Por eso y otras cosas imprecisas la nación ha sido mal administrada.

Todo eso repercute hoy, en una nación más abierta y manifiesta, por todo el país en todo tipo de protestas, que hasta el momento es la mejor lucha que el pueblo presenta en contra de la corrupción y la impunidad.

 

 

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