Las crónicas de un continuo despertar 

17/julio/2017

 

Arít León Rodríguez

 

Un hombre no viola a una mujer en la calle así como así. Saben que es inapropiado, así que lo hacen en secreto, lejos de los ojos de los demás.

Vivimos en un mundo que no siempre distingue entre deseos y derechos, la prueba más evidente y actual es la comercialización de los úteros de mujeres para satisfacer el deseo de algunos de tener un bebé a la carta.

Los deseos no son malos en sí mismos. Todos somos libres de desear algo. Lo malo es no entender que no tengo derecho a algo o a hacer o conseguir algo de alguien sólo por desearlo.

La violación no es un acto sexual. La violación es una agresión, está relacionada con la voluntad de ganar. Trata de hacerse con el control de un objeto -la mujer se convierte en un objeto-, trata del poder.

Un video de un sujeto –el cual aunque está señalado no preciso decir su nombre hasta que se constate que en efecto es el que se señala- está violando a una menor de edad es pasmoso.

Un varón adulto, sometiendo a una niña embriagada bajo un puente.

¿Dónde están las bancadas políticas, enérgicas contra este acto repudiable? ¿Qué sucederá con este sujeto? ¿Comprarán el silencio?

Vivir creyendo que uno puede conseguir todo lo que sueña o desea es muy peligroso si no somos conscientes  de que existe un límite natural, ético y moral que no podemos sobrepasar.

Nadie cambia si no admite que sus actos son erróneos y se responsabiliza de ellos. Si le descubren y luego declara que no fue su intención hacerlo, esto no hará que cambie de comportamiento, el número de hombres que detectan este tipo de tendencias en sí mismos y buscan ayuda antes de que los descubran es muy pequeño.

El camino debe ser rehabilitar a estos hombres que cometen delitos sexuales mientras cumplen sus sentencias o no dejarles salir.

El amor, el poder, el esta ahí, el estar enojado, el alcohol ha sido la excusa durante milenios para ejercer y sufrir violencia de género. Las mujeres sabemos mucho sobre violencia.  Sobre todas las violencias, las directas y las indirectas.

No hemos sido históricamente los soldados en las batallas, no hemos llenado los campos de prisioneros de guerra, pero no ha hecho falta. Nunca hemos estado al margen de las guerras de los hombres, porque nuestros cuerpos, siempre, en toda época, en todo  momento, han sido campos de batalla.

Nuestra identidad siempre ha sido terreno a conquistar, nuestro poder femenino era un objetivo a someter, nuestros cuerpos terrenos que arrasar.

Los hombres siempre lo han sabido, por eso es práctica habitual en las guerras, luchar fuera del campo de batalla y utilizar las violaciones  a las mujeres como arma.

Los resultados de tanto abuso están a la vista, la insensibilidad, la revictimización, el escarnio y la burla social. Seres que destrozan vidas y caminan libres por las calles, con la complicidad de las autoridades que aun teniendo múltiples capacitaciones, no hacen mucho.

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